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miércoles, 27 de mayo de 2015

Roberto Themis Speroni, Soneto a Paula



SONETO A PAULA

   Para que alguna vez cuando yo muera
digas: "El cazador, el silencioso..."
te he de explicar por qué no maté al oso
cuando tu voz ansiosa lo exigiera.

   Primero, yo no mato en primavera;
segundo, en el invierno duerme el oso;
tercero, en el verano es tan gracioso
que no puedo matarlo aunque quisiera.

   Por eso Paula, quiero que te acuerdes
de un viejo cazador con ojos verdes
que dejó su fusil y su cuchillo

para contarte una pequeña historia
sin oso, sin angustia, sin memoria,
un cuento, nada más, claro y sencillo.




Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922 – City Bell, 1967).
Foto: José María Pallaoro, “Sauce roto”, 2012. 

viernes, 22 de mayo de 2015

Roberto Themis Speroni, Soneto a la paloma que maté de niño



SONETO A LA PALOMA QUE MATÉ DE NIÑO


Todavía conservo entre las manos
el pequeño temblor de tu agonía,
y tu cuerpo de luz, donde cabía
la forma de los aires provincianos.

Herido ante un aliento de manzanos
cayó tu corazón, y el mediodía
se quebró en tu garganta y en la mía
con dolores opuestos y lejanos.

Dejé tu muerte azul bajo un ciruelo.
El verano cruzaba por el cielo,
jinete de un delgado escalofrío.

La infancia se me fue con el asombro,
por eso, cuando en pájaros te nombro,
tu corazón regresa con el mío.


Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922 – City Bell, 1967).

Foto: José María Pallaoro, “Taller”.

viernes, 2 de enero de 2009

"Siempre traigo a mi padre en los poemas", poema de Roberto T. Speroni


Quien es piedra en la luz,
es polvo en tierra.
R. T. S.


Siempre traigo a mi padre en los poemas

Siempre traigo a mi padre en los poemas,
en las preguntas que la lengua oculta
debajo de las cosas.
Yo lo traigo
como una flor verbal, como un extenso
y profético cuero. El era un hombre
gigantesco. Su mano era un escudo,
su palabra nacía de la tierra;
sus ojos de sal negra escudriñaban,
se arqueaban como gatos, acudían
a los sitios de amor, a los forrajes,
vagaban por el agua, se afilaban
en el viento nocturno, discutían
con el ojal dorado del otoño,
con la cruz saludable de la hierba.

Mucha gente ha quedado en el camino
esperando a mi padre, mucha gente.
Diariamente los veo acurrucados,
lamentables de miel, rotos de abrigo,
alargando los dedos en el aire
de una guitarra trágica. Los años
la leche de una higuera de piel negra,
los va quemando, los retuerce, aúlla
adentro de sus huesos. Las arañas
hacen con ellos liquidas escobas,
cajas para zapatos, alfabetos
de letra cancerosa; son iguales
a delicados monstruos, a corpiños
de arena para el pecho de un infante:
son mis hermanos, hijos de aquel hombre
ceniciento de rosas protectoras.

Mi padre era el país. Su ceño hervía
con fuego occipital. De su garganta
caían los membrillos y la lluvia.
Y cuando estaba solo, como ahora,
el trigo se ponía un sol de luto,
y el tabaco bajaba de los astros
para justificar su extraño frío.

La gente que lo espera, las abejas,
el maestro rural, las herraduras,
la pródiga vejez de las anguilas,
los silos, el abismo de las aves,
el caballo frontal de la memoria,
no quieren alejarse de su rostro,
del polvo azul que sube por sus sienes.

Hacen bien. El hierro, si florece,
logra estrechar el corazón, la sangre,
el vientre de la luz.
Para saberlo,
va mi padre final pisando estrellas.
Viene de la razón. Entre sus brazos,
hay gaviotas y ruedas cardinales.

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Poema 1 de “Padre final”, libro que se terminó de imprimir el 28 de noviembre de 1964. “Padre final” es el último libro de poemas publicado por Speroni en vida. Le antecedieron: Habitante único, 1945; Gavilla de tiempo, 1948; Tentativa en la luz, 1951; Tatuaje en el viento, 1958; El poeta en el hueso del invierno, 1963 y Paciencia por la muerte, 1963.
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ROBERTO THEMIS SPERONI
PADRE FINAL
CITY BELL
1964

lunes, 29 de septiembre de 2008

A 86 años del nacimiento de Roberto Themis Speroni


Hoy 29 de septiembre se cumplen ochenta y seis años del nacimiento del poeta platense Roberto Themis Speroni (1922-1967), fallecido un día antes de cumplir los 45 años.
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A un poeta

Le han caído los muertos. Le han llovido
los vagabundos y las cicatrices,
los tuétanos azules de la estrella,
el arroz de los niños, los ojales
de un chaleco infernal, las mariposas
que desovan en grietas del naranjo.
Le han gritado en el vientre, en las pupilas,
en los embudos de la sed. Le han dicho
que debe ser total, tener los dedos
adhesivos y trágicos, y el canto
dispuesto como un hijo de navaja,
como una ciega uña de berilo
para herir y dar vida a los que corren
con las heladas nubes. Cuando muera,
si estoy aquí, yo le diré: - Cuidado.
Cuidado con la hoja de aquel roble,
con aquella cicuta que te observa
y que sabe en realidad si puedes
estar de nuevo, levantar tus brazos
y estrangular, al paso de los vientos,
un dios momificado, una garganta,
un retoño de amor, un eco leve.

Si estoy aquí, yo le diré: - Cuidado.
Y nada más. Los árboles son piedra.

(publicado en el diario La Nación el 20 de octubre de 1963)

lunes, 28 de abril de 2008

ROBERTO THEMIS SPERONI Tres poemas

Roberto Themis Speroni (*)
Estos poemas forman parte de la antología “Naranjos de fascinante música: poesía de amor en La Plata” (Libros de la talita dorada, 2003), que reúne a 34 autores de la ciudad de las diagonales desde la segunda mitad del siglo XX hasta el presente.


Elegía F
La madrugada, el gallo, los suburbios
de alquitrán, la luna verrugosa,
los carros amarillos, el que vuelve
de tomar una copa con la noche,
de jugar con la muerte una partida
de dominó metílico. La sombra
de una mujer dominical huyendo
cerca de las paredes. Yo, que salgo
a recorrer el alma, los refugios
de la melancolía. Yo, el que fuma
caminando perplejo entre cuchillos
doblado en la memoria, perforado
por una multitud de clavos, lejos,
separado de mí, de tus naranjos
de fascinante música. Tan grave,
tan pensativo de humedad camino;
tan igual a tus ojos, a las grutas
de tu cuerpo interior, donde me anduve,
donde me conocí, diadema invicta,
cesta de fruta emocional, palmera
de volcánica especie. Ya es muy tarde.
Te repito: es muy tarde. Nadie asedia
dos veces a una misma ciudadela
habiéndola tomado en el principio.
Ando. Pienso. Camino. Me pregunto
con el tiempo en las manos. Salgo a verte.
pero la gente es mucha. Demasiada.
Se levanta temprano. Llevan bolsas,
botines, prendedores, hijos, diarios,
verduras, entrecejos permanentes,
desvencijadas rosas, sufrimientos
de maíz rutinario. Me lo impiden;
no te puedo mirar. La madrugada
me conduce hacia agónicos extremos.
No sé qué hacer, repito; aunque quisiera
ir al asalto de tu luz remota:
tomarte nuevamente, recorrerte,
ciudadela de amor, muralla intacta
donde una vez cantara mi bandera,
mis clarines de trigo, mis arqueros
de polen torrencial, en una aurora
muy distinta de esta espesa madrugada
llena de gente y frío frente al mundo.

(de Elegías alfabéticas, 1975)


Elegía N

Botánica de amor, tus arboledas,
las hamacas de oro, los helechos,
las hojas de tu frente, tantas hojas,
tuyas de verde trémulo. La pulpa,
la noche, con sus bornes de diamante.
El ruido de los ojos. Esa puerta
cerrada desde abril. Un perro frío;
el error de la música moviendo
tantas habitaciones, tanto espacio
de sollozo interior. Amabas limpia.
Convencida de amor entre las cosas
de enlace cotidiano; no importaban
los días pulmonares, los volantes
cajones del invierno.
Sola, sola,
botánica inaudita, flor ilustre,
aristócrata dulce de la lluvia
mirando desde el último conflicto,
desde el último pájaro. Y los meses.
Y la ciudad crujiendo lejos de ti,
sudando como un muerto envuelto en lana,
paralítica, triste.
No despiertes.
Aquí soy un alambre de cianuro,
Un eléctrico enfermo que vigila,
ulcerado, comido por el tiempo,
mientras me inyectan agua de tu sombra,
luz de tu corazón, perdido siempre.

(de Elegías alfabéticas, 1975)


Elegía V
He vuelto a ser el hombre que fui entonces,
cuando estabas conmigo, cuando el mundo,
me cabía debajo de una axila,
y por cada ciudad que atravesaba,
por cada puente, esquina o carretera,
dejaba tu perfil, para acordarme
del camino seguido. Porque el hombre
debe fijar sus hitos, sus leyendas,
su piel de combatiente voluntario,
de asesinado lógico. Yo anduve.
Caminé con tu pie, gemelo del mío,
leguas de sangre, millas turbulentas.
Hice fraguas con un carbón mojado;
derribé largos muros, submarinas
oposiciones de salitre negro;
ignoré muslos rápidos, brillantes
cadalsos de pelviana expectativa.
Anduve entre las lunas sin tocarlas:
tú eras mi gran racimo pensativo.
Hoy soy el hombre mismo que conoces,
algo mayor que aquella inteligencia,
asido a un canto terco. Si estoy triste,
comprendo a mi tristeza como nunca;
si estoy alegre, arriesgo que eso viene
desde tu corazón. Y estoy conforme.
Siendo el hombre que fui, estoy conforme;
él me devuelve lo que has sido siempre.

(de Elegías alfabéticas, 1975)


(*) Roberto Themis Speroni nació en 1922 en La Plata. Murió en City Bell (su pueblo amado) en 1967. Publicó en poesía: Habitante único, 1945; Gavilla del tiempo, 1948; Tentativa en la Luz, 1951; Tatuaje en el viento, 1958; Paciencia por la muerte, 1963; Padre final, 1964; Poesía completa (Estudio y compilación de A. E. Lahitte, -si bien es una antología incluye varios libros de poemas inéditos-), 1975 en dos volúmenes (reeditado en 1982 y 1996; hay una tercera edición de la primera parte). El espiniyo (revista de poesía) en su número 7/8 de 2008 va a rendir homenaje a este gran poeta argentino.

sábado, 8 de diciembre de 2007